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El lanzamiento del Galaxy Z TriFold de Samsung ha puesto en debate el tamaño extremo de los celulares, evidenciando que apostar por pantallas muy grandes puede no ser rentable para el mercado. Este dispositivo, que alcanza las 10 pulgadas al desplegarse, fue producido en cantidades limitadas y no tendrá reposición, lo que demuestra las dificultades para convertir este tipo de innovación en un producto masivo.

Uno de los principales problemas es el alto costo de fabricación y venta. Estos equipos requieren más batería, mayor capacidad de memoria y sistemas complejos como bisagras avanzadas, lo que incrementa significativamente su precio final, llegando a costar incluso más que algunos portátiles. A pesar de esto, los márgenes de ganancia son mínimos, lo que los convierte más en productos experimentales que en apuestas comerciales sostenibles.

Además, el contexto del mercado tampoco favorece este tipo de dispositivos. Las ventas globales de smartphones están en caída y los teléfonos plegables apenas representan una pequeña parte del total, lo que refleja una baja adopción por parte de los consumidores. En este escenario, los celulares con pantallas demasiado grandes generan dudas sobre si realmente responden a las necesidades del usuario o si han sobrepasado los límites prácticos de la innovación tecnológica.

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