
A 11 días del derrame de petróleo en Quinindé, miles de personas continúan enfrentando las consecuencias directas e indirectas de la contaminación. La principal preocupación es el acceso al agua potable, ya que los ríos Caple, Cube y Viche, fuentes vitales para el consumo, las labores agrícolas y las actividades diarias, han sido afectados por el crudo derramado.
En Chucaple, un recinto donde habitan más de 20 familias, el río era parte esencial de su rutina diaria. Antes del desastre, solían bañarse allí por las tardes, pero desde hace 10 días han dejado de hacerlo por temor a contraer enfermedades. La misma situación se repite en varias comunidades cercanas como Majua, Chinca, Bellavista, El Timbre, San Mateo y La 30, donde el acceso al agua se ha convertido en la necesidad más urgente.
Para mitigar la crisis, se ha desplegado un operativo logístico con más de 50 tanqueros que recorren las zonas afectadas, abasteciendo a las familias con agua apta para el consumo. Sin embargo, los problemas de salud han comenzado a surgir. En los cinco puntos de atención médica habilitados debido a la emergencia, la cantidad de pacientes ha ido en aumento. Solo en el centro de atención en Caple, se registran más de 30 consultas diarias por afecciones posiblemente relacionadas con la contaminación.
Mientras la ayuda humanitaria sigue llegando, las comunidades también exigen compensaciones económicas por los daños sufridos. Aunque han recibido promesas por parte de las autoridades, todavía no hay claridad sobre cómo ni cuándo se materializarán estos apoyos, lo que genera incertidumbre y preocupación entre los afectados.