
El terremoto de magnitud 7,7 que sacudió el centro-norte de Birmania el 28 de marzo de 2025 ha dejado un saldo devastador de más de 3.000 muertos y alrededor de 4.500 heridos. Las regiones más afectadas incluyen Sagaing, donde se ubicó el epicentro, y Mandalay, la segunda ciudad más grande del país. La infraestructura en estas áreas ha sufrido daños significativos, dejando a miles de personas sin hogar y sin acceso a servicios básicos.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha expresado su preocupación por el alto riesgo de brotes de cólera en las zonas afectadas. La destrucción de sistemas de saneamiento y la escasez de agua potable, agravadas por temperaturas que alcanzan hasta 42 grados Celsius, crean un ambiente propicio para la propagación de enfermedades transmitidas por el agua. Además, la falta de suministros médicos y la destrucción de aproximadamente la mitad de las instalaciones sanitarias en las áreas impactadas complican aún más la respuesta a posibles emergencias de salud pública.
La situación humanitaria se ve exacerbada por la guerra civil en curso en Birmania, que dificulta los esfuerzos de rescate y la distribución de ayuda. A pesar de las declaraciones de alto el fuego por parte de la junta militar y algunos grupos rebeldes, las tensiones persisten, complicando la coordinación de las operaciones de socorro. Mientras tanto, el jefe de la junta militar, Min Aung Hlaing, ha realizado una inusual visita internacional a Bangkok para participar en un foro regional, buscando apoyo para las labores de ayuda en medio de sanciones internacionales y críticas por la gestión del desastre.